Sí, amiga, sé que parece un mal chiste, pero estos días la conversación ha saltado por todas partes. Y aunque muchas mujeres estamos pegando un grito al cielo (preguntándonos cómo es posible que estas cosas sigan ocurriendo en pleno siglo XXI), también hay una parte de nosotras que no se sorprende tanto. Porque, una vez más, este tema vuelve a dejar en evidencia cómo la ciencia médica ha ignorado durante demasiado tiempo muchísimos aspectos del cuerpo femenino y de nuestra salud menstrual. Pero espera, porque después de conocerse la noticia, también salieron a decir que todavía no se puede demostrar que estos materiales sean absorbidos por el cuerpo al utilizar tampones. Y yo me pregunto: ¿por qué aún no lo saben? Esta semana quiero contarte mi opinión, pero también lo que se sabe hasta ahora sobre este descubrimiento tan problemático para la salud vaginal de las mujeres. ¿Tú ya habías escuchado esta noticia?
Llevamos años usando tampones como si fueran un producto más de nuestro baño, algo cotidiano, casi automático. Los compramos, los llevamos en la cartera, los usamos con discreción y, si alguna chica nos pide uno en un baño, nunca dudamos en compartirlo, porque existe una hermandad silenciosa entre mujeres cuando se trata de la regla.
Pero cuando aparece un estudio diciendo que pueden contener plomo, arsénico o cadmio, la pregunta no debería ser solo si debemos asustarnos. La pregunta es: ¿por qué sabemos tan poco sobre algo que millones de personas introducen en su cuerpo cada mes? ¿Acaso nunca se les ocurrió investigar mejor esta industria? ¿Por qué las mujeres seguimos llegando tarde cuando se trata de la ciencia médica?
Y si no te has enterado bien de la noticia, te la cuento: resulta que en 2024 se publicó un estudio en Environment International que analizó tampones de varias marcas vendidas en EE. UU., Reino Unido y Grecia. Detectaron 16 metales en al menos una muestra, incluidos plomo, arsénico y cadmio. El dato más potente es que encontraron plomo en todos los tampones analizados, aunque el estudio no demostró todavía si esos metales pasan al cuerpo durante el uso real.
La FDA (Food and Drug Administration) reaccionó después diciendo que iniciaría una revisión de la literatura científica y un estudio de laboratorio para ver si esos metales se liberan en condiciones parecidas al uso normal de un tampón. Es decir: la alarma no está cerrada, pero tampoco está confirmada la absorción real. Pero ojo, que todavía no se haya confirmado la absorción vaginal de estos metales no debería utilizarse como una manta tranquilizadora. La vagina no es una pared de mármol: es una mucosa viva, sensible y capaz de absorber sustancias. Por eso existen tratamientos vaginales. Por eso nos preocupa. Y por eso resulta tan inquietante que, a estas alturas de la vida, con tanto desarrollo tecnológico y científico, la medicina todavía tenga que ponerse a comprobar si los compuestos presentes en un tampón pueden liberarse durante su uso real.
No es aceptable que los productos menstruales sigan funcionando con una confianza ciega en la industria: la misma industria que nos vende comodidad, discreción y seguridad, pero que muchas veces no nos ofrece toda la información que merecemos. Los tampones no son automáticamente el enemigo, pero la falta de transparencia sí lo es.
No deberíamos enterarnos por un estudio reciente de que productos que usamos dentro del cuerpo pueden contener metales tóxicos, especialmente cuando hablamos de un producto pensado para el 50% de la humanidad. Y mucho menos aceptar como consuelo que “todavía no se sabe” si eso se absorbe. ¿Cómo van a saberlo, si durante años el cuerpo femenino ha sido tratado como nota al pie de la medicina? ¿Cómo van a tener respuestas si las preguntas se hicieron tarde, mal o directamente no se hicieron?
Y esto no es casualidad. Es sesgo científico. Durante demasiado tiempo, el cuerpo femenino fue estudiado menos, escuchado menos y tomado menos en serio por la ciencia. La menstruación, el dolor menstrual, la endometriosis, los anticonceptivos, el deseo femenino, la menopausia y ahora los productos menstruales forman parte del mismo patrón: primero se minimiza, luego se ignora, después se normaliza… y cuando por fin se investiga, nos dicen que todavía no pueden demostrar que nos haga daño. ¿Y para cuándo lo vamos a saber?
A veces me pregunto cómo serían los tampones si los usaran los hombres. Probablemente no tendríamos que rogar por estudios, transparencia o ingredientes claros. Vendrían con mejor diseño, mejores materiales, opciones biodegradables, aplicadores pensados para la comodidad real y una regulación mucho más estricta. Pero como los tampones pertenecen al mundo de la menstruación, ese territorio históricamente tratado como sucio, privado o menor, se nos ha pedido confianza antes que información.
No estoy en contra de los estudios enfocados en hombres. El problema aparece cuando esos estudios se vuelven la base para entender todos los cuerpos, sin estudiar variaciones o diferencias en el cuerpo femenino. Hasta hace relativamente poco no sabíamos casi nada del clítoris, de cómo nos afecta el ciclo hormonal o de cómo envejecen nuestros órganos reproductivos. Y todo esto ha empezado a cambiar gracias a muchas mujeres (y también a hombres interesados en campos históricamente ignorados) que se han dedicado a investigar a fondo el cuerpo femenino. También gracias a que empieza a existir más interés en financiar este tipo de investigaciones. Lo cual me parece excelente. Mejor tarde que nunca. Pero ¿cuántas mujeres han tenido que sufrir malos diagnósticos, malos procedimientos y hasta productos de higiene menstrual poco investigados por culpa del sesgo machista que existe dentro de la medicina?
Lo peor es que, para mí, no tiene lógica. Somos el sexo que hace posible la continuidad de la especie. Somos las que gestamos, las que damos a luz, las que traemos vida. Eso debería ser motivo suficiente para interesarse en el cuerpo femenino. No desde la romantización de la maternidad ni desde la obligación de ser madres, sino desde una realidad básica: nuestros cuerpos sostienen procesos biológicos complejísimos que merecen ser estudiados con seriedad, respeto y profundidad.
Aquí en España hay un late night que se llama Al cielo con ella (el cual te recomiendo muchísimo si tienes la oportunidad de verlo), conducido por una mujer que yo personalmente admiro mucho: Henar Álvarez. Ella cada semana hace un monólogo antes de arrancar con el programa, y esta vez habló de los tampones. Su estilo recurre a la comedia para suavizar el mensaje, pero no deja de ser contundente, directo y combativo. Yo ya había visto información sobre la noticia, pero ella lo hizo con tanta gracia e indignación que terminó de animarme a tocar el tema en mi blog.
Y creo que todas deberíamos enterarnos. No para hacerle un boicot a la industria de la higiene menstrual, pero sí para hacerle más preguntas incómodas al sistema. Es momento de que seamos tomadas en cuenta de verdad en la medicina. Y aunque ya hay muchísimos cambios, todavía falta camino por recorrer. También tenemos que hablar de los anticonceptivos, pero ese es un melón para otro post.
De momento me despido. Esta semana se supone que tocaba newsletter, pero este tema me pareció más importante (e indignante). Yo siempre he usado tampones, no cada vez ni en todos los momentos de mi vida, pero sí les tenía confianza. En fin, la próxima vez que una amiga te pida un tampón en el baño, se lo das, claro. Porque la hermandad menstrual no se toca. Pero quizá también sea momento de mirar con más atención qué productos usamos durante la regla y con cuáles nos sentimos más tranquilas. ¿Cuál es tu producto menstrual de confianza?
¡Nos leemos en el próximo post!🩸❤️🔥
Fuentes para esta entrada:
https://cnnespanol.cnn.com/2024/07/11/tampones-sustacias-quimicas-toxicas-plomo-trax
https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0160412024004355
https://www.agenciasinc.es/Noticias/Primer-estudio-que-mide-los-metales-toxicos-en-los-tampones
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