Hace un mes que publiqué mi última entrada, pero todavía me cuesta volver. Hace tres semanas ocurrió un doblete sísmico en Venezuela y no sabía cómo regresar sin sentirme extraña o incluso culpable. Han sido días profundamente dolorosos para muchas personas, especialmente para las víctimas y sus familiares. No sabía cómo abordar este tema sin sentir que hay desgracias que no deberían convertirse tan pronto en relato personal, y mucho menos en una excusa para hablar de una misma. Cuando todavía hay familias buscando respuestas, personas heridas, casas destruidas y un país entero intentando comprender lo que acaba de ocurrir, el «yo» me parece el lugar menos importante desde el que escribir.
No me nace decir que estoy bien, que la vida sigue o que hay que agradecer lo que tenemos, aunque todo eso pueda ser cierto en otro momento. Ahora mismo, esas frases me pesan. Me parecen demasiado limpias para un dolor que todavía está lleno de polvo, miedo e incertidumbre. En una tragedia, las personas que más importan son las víctimas: quienes la viven en el cuerpo, en la casa, en la pérdida y en el duelo. Los demás, si hablamos, deberíamos hacerlo con cuidado. Y si no sabemos cómo hacerlo sin ocupar el centro, quizá lo más honesto sea callar un poco.
Aun así, me he animado a escribir unas líneas a modo de homenaje. La Guaira, una de las zonas más afectadas, era un lugar que visitábamos con bastante frecuencia. Mi mamá es amante de la playa, así que solíamos aprovechar algunos puentes, días libres o fechas especiales (como cumpleaños y aniversarios) para ir hasta allí. También la visité con amigas y con compañeros del colegio, de la universidad y del trabajo. Puedes imaginar lo impactante que fue para mí ver cómo quedó después de los terremotos.
Durante la primera semana, sobre todo, me resultaba casi imposible desconectarme de la tragedia. Sigo pendiente de lo que ocurre allá, aunque ahora puedo hacerlo con un poco menos de ansiedad. Y, por si te lo preguntas, sí: mi familia y mis amigos cercanos están bien. Tengo la inmensa fortuna de no lamentar ninguna pérdida ni llorar la muerte de alguien cercano. Vivir algo así habría sido casi insoportable. Ni siquiera puedo imaginar el dolor de quienes se enteraron de que habían perdido a sus madres, padres, hermanas, hermanos, hijas o hijos. Hay noticias que deben romper por dentro antes de que la mente sea capaz siquiera de comprenderlas.
Por eso lo repito: me siento inmensamente afortunada de no haber tenido que atravesar ese dolor.
No puedo evitar pensar en todas las personas que perdieron sus casas, sus pertenencias y, sobre todo, en las miles de personas que perdieron la vida. Cuando ocurrió la tragedia de Vargas (hoy La Guaira), yo era muy pequeña y, aun así, me quedé en estado de shock. Ahora, con la edad y la conciencia que tengo, el dolor y las imágenes me golpean muchísimo más. Es devastador ver cómo un pedacito de tu país se derrumba, se desestabiliza y se quiebra.
También sentí una enorme impotencia por no poder ayudar más. Por supuesto, hice donaciones, pero se sentían tan pequeñas frente a la magnitud de lo que estaba ocurriendo. Lo que realmente deseaba era estar en La Guaira, ayudando a rescatar personas, haciendo algo con mis propias manos. Sin embargo, desde la distancia, solo podía contemplar las imágenes desgarradoras de lo que sucedía allá.
Sé que exponerse constantemente a imágenes de tragedias tampoco es bueno para la mente. Créeme, soy consciente de ello. Pero ¿qué más podía hacer? Compartí muchísima información porque sentía que, al ayudar a difundir las denuncias y las llamadas de auxilio, al menos estaba aportando un pequeño granito de arena. Aun así, seguía pareciéndome demasiado poco.
Con el paso de los días, ese dolor y esa impotencia se convirtieron en rabia. Mucha, muchísima rabia.
Para nadie es un secreto que Venezuela vive bajo un régimen chavista, dictatorial, totalitario y narcotraficante. Sí, nos tocó la lotería con estas joyitas. Y lo que más rabia provoca es su deliberada falta de humanidad. Dejaron morir a mucha gente por no contar con protocolos de seguridad, por encuartelar a los militares e impedirles salir hasta setenta y dos horas después de los terremotos. Y, para mayor indignación, cuando finalmente los enviaron a las zonas afectadas, solo sirvieron para estorbar, robar y retrasar los rescates. En fin: el Gobierno está lleno de corruptos e inútiles, pero también de asesinos inhumanos.
¿No ha sido suficiente todo el sufrimiento que nos han hecho atravesar durante estos veintisiete años? ¿No son suficientes las familias que separaron mediante la persecución política, la migración masiva y la desaparición forzada de personas? ¿No fue suficiente con casi matarnos de hambre y enfermedades durante la crisis de 2016? ¿No son suficientes todos los jóvenes a quienes han asesinado en manifestaciones por el simple hecho de levantar la voz y exigir un futuro mejor? ¿Acaso no es suficiente todo el dolor que nos han causado como nación?
Y aunque mi dolor sea lo último que importa, esta catástrofe me hizo descubrir algo: mi herida con Venezuela no está sanada. Mi país todavía me duele. Aún lloro cuando veo las injusticias, los estantes vacíos y a tantos niños y niñas atravesando una situación tan traumática mientras siguen siendo los más vulnerables (sobre este tema, en especial, quiero escribir otro post, porque esta indignación no solo merece ser nombrada, sino también analizada a fondo).
Y ya ni hablar de todas las mascotas perdidas, heridas o que se quedaron sin familia. Es demasiado doloroso.
Lo peor es pensar que tantas muertes podrían haberse evitado si se hubiera invertido el dinero en una infraestructura adecuada, en construcciones seguras y en servicios de rescate con más personal, mejores equipos y una preparación suficiente. Nuestros pobres bomberos venezolanos hacen lo que pueden con los escasos recursos (y el mísero sueldo) que tienen. Lo mismo sucede con Protección Civil.
No estábamos preparados para algo así por culpa de la dictadura. Todavía hay personas que creen que, durante un terremoto, deben colocarse debajo del marco de una puerta. Pero, claro, ¿cómo van a saber que esa recomendación correspondía a otras décadas y a determinados tipos de viviendas? ¿No sería mejor que alguna institución del Gobierno impartiera charlas y organizara simulacros en edificios, lugares de trabajo y escuelas?
No puedo culpar a la gente, que ya sobrevive como puede en un país cuya economía está completamente destruida y cuyas instituciones son alarmantemente disfuncionales. No existe una institución que se preocupe de verdad por la población. Todo se lo roban.
¿Los edificios que construyó Chávez? ¡Esos que estaban destinados a personas con bajos recursos! Pues fueron de los primeros en venirse abajo. Pero, Keisy, ¿acaso no existen leyes que protejan la seguridad y la estructura de las construcciones? Claro que existen. ¡Y hasta son buenísimas! ¿El problema? Que se las pasan por el forro del… Sí, por ahí.
La corrupción hace precisamente eso: quien quiere paga y se ahorra estudios, inspecciones y permisos que, por supuesto, le resultarían mucho más caros. ¿Cómo no se iban a caer?
Pero lo más delirante de todo es el lavado de cara que están intentando hacer los hermanos Rodríguez y ese supuesto "Gobierno transitorio" (que, por cierto, ya dejó de ser constitucional; aunque ya te expliqué antes lo que hacen con las leyes en el país: cuando les convienen, las utilizan, y cuando no, las omiten) con respecto a su presunto "control de la crisis".
Están publicando vídeos en redes sociales en los que supuestamente visitan hospitales (todo cuidadosamente montado, mientras la gente permanece tirada en los pasillos y en el suelo porque los centros están colapsados), recorren las zonas afectadas y ofrecen ruedas de prensa. Allí mienten descaradamente a periodistas que sí estuvieron sobre el terreno y que hablaron con las víctimas directas, quienes repetían una y otra vez lo mismo: "Aquí no ha venido nadie a ayudarnos".
A través de las redes sociales, todos fuimos testigos de cómo la gente pedía auxilio mientras retiraba escombros con sus propias manos. Y gracias a que en Venezuela la mayoría de las personas es buena, noble y solidaria, muchísimos voluntarios acudieron al rescate. Hubo gente moviendo escombros, llevando comida, repartiendo insumos, localizando personas, trasladando heridos y prestándoles asistencia. No soy especialmente fan de esta frase, pero en esta ocasión encaja a la perfección: el pueblo salva al pueblo.
Mucha gente sobrevivió porque hubo personas buscando sin descanso entre los escombros. Y ya ni te digo de los rescatistas internacionales: verdaderos héroes. Personas que venían de fuera, que no tenían ningún vínculo directo con nuestro país ni con nuestra gente y que, aun así, viajaron hasta allí para rescatar a todos los que pudieron.
También estuvieron los perros rescatistas, esenciales para localizar a personas que todavía seguían con vida. Jamás olvidaré las imágenes de aquellos perritos buscando con absoluta determinación cualquier señal de alguien atrapado bajo los escombros. Fue una labor que agradecimos enormemente y que, a mí en particular, me conmovió muchísimo. Quizá eso sea lo único luminoso que dejan momentos tan horribles: incluso en mitad de la tragedia, pueden sacar lo mejor de las personas.
Como verás, hoy me desahogué contigo. Pero no podía escribir sobre otra cosa. Todavía no.
Espero que algún día se acabe esta pesadilla llamada dictadura chavista. Nadie nos devolverá todo el tiempo, la energía y, sobre todo, las vidas que hemos perdido durante estos veintisiete años. Pero ya es hora de que dejen a los propios venezolanos reconstruir y decidir el futuro de nuestro país.
Todas estas lágrimas, llenas de polvo y escombros, no pueden haber sido derramadas en vano. Sí, somos un pueblo resiliente. Lo hemos demostrado una y otra vez. Pero nuestra resiliencia no puede seguir utilizándose como excusa para condenarnos a soportarlo todo.
Venezuela ya no aguanta más chavismo.
Este post está dedicado a todas las víctimas de los terremotos ocurridos el 24 de junio de 2026 en Venezuela, a sus familiares y a todas las personas que todavía intentan reconstruir sus vidas.
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