domingo, 1 de marzo de 2026

Capítulo 11: Ella no es como tú...

Sabrina se sentó en la terraza de la casa a fumarse un cigarrillo. Su amiga Ginebra se encontraba atendiendo un servicio, por lo que aquella ausencia le sirvió para seguir pensando en lo que acababa de pasar.

—¿Qué me pasa? ¿Por qué me siento así con él? —se preguntaba.

No podía evitar sentirse confundida por lo que había vivido con Pierre. Aunque había reconocido que se sentía atraída hacia él, no dejaba de ser una relación transaccional. Sabía de sobra que un cliente nunca sería una buena pareja. Pero con Pierre había algo diferente: podía imaginarse con él fuera de la casa.

—¿Sería posible algo así con él? ¡No! Esto es solo trabajo —se repetía a sí misma.

Cada vez que la idea cruzaba su mente, se apresuraba a recordarse que no era posible, que lo suyo con él no podía existir fuera de esas paredes. Y, aun así, no podía evitar fantasear con la posibilidad de que hubiera algo más.

Pierre suspiró cuando Sabrina salió de la habitación. No podía evitar sentir una profunda tristeza cada vez que ella cruzaba la puerta.

Pero claro, Bella le había dicho que tenía novio. ¿Cómo iba a pedirle su número o su Instagram si ella ya estaba con otro? Esa idea lo atravesaba cada vez que la fantasía llegaba a su fin.

Cuando terminó de vestirse, se sentó un momento en la cama y observó su reflejo en el espejo de la cómoda. Parecía perdido en sus pensamientos más profundos, absorbido por sus fantasías, por sus deseos.

Se preguntaba una y otra vez: —¿Por qué siento esto con ella? ¿Por qué ella? – Ese pensamiento lo atravesaba con intensidad.

Sabrina lo hacía sentir vivo. ¿Hacía cuánto tiempo que se sentía vacío sin haberse dado cuenta? ¿Cuánto hacía que no sentía algo real? ¿Acaso se había acostumbrado tanto al sexo fácil que se había olvidado de sentir? No podía dejar de pensar que ella era diferente. Hermosa. Con un cuerpo escultural. Tierna. Dulce. Todo en ella lo volvía loco.

La forma en que lo miraba… sentía que nadie lo había mirado así antes.

Sus pensamientos se interrumpieron de golpe cuando Bella tocó la puerta. Se levantó de la cama de inmediato y se preparó para irse.

—Adelante —dijo Pierre con voz tranquila.

Bella abrió la puerta y le sonrió. —¿Qué tal, cariño? ¿Cómo lo habéis pasado? —preguntó con una voz amistosa.

—Increíble, como siempre. Pero la próxima vez entraré con otra chica. Por favor, no se lo digas —respondió Pierre.

Su voz no sonaba animada, pero sí muy determinada.

Bella, que sabía que los clientes de Sabrina solían rotar pero siempre volvían a ella, le contestó con una sonrisa:

—Claro, cariño. Te puedo hacer una cita con la que quieras. De hecho, creo que a Sofía no la has probado, ¿verdad? Ella es muy popular entre los clientes. ¿Por qué no le das una oportunidad? –.

Pierre, que ya había visto a Sofía en la presentación el día que conoció a Sabrina, la recordó enseguida como una chica rubia, muy guapa y joven.

—Sí que la recuerdo. Hazme una cita con ella —le contestó Pierre.

Sí le emocionaba la idea de conocer a Sofía.

—Perfecto, cariño. Ella mañana tiene un hueco a mediodía. Si quieres, te la puedo reservar —se adelantó Bella. Como buena madame, sabía cómo moverse con sus clientes y asegurarse de que volvieran.

—Mañana es muy pronto, pero está bien. Puedo venir una hora —le contestó Pierre, que ya conocía a Bella y lo rápido que cerraba los tratos.

—Vale, cariño. Pues mañana a las doce queda reservada Sofía para ti —dijo Bella con tono triunfal. Ese francés era uno de sus mejores clientes.

Bella acompañó a Pierre hasta la salida. Sabía que Sofía y Sabrina no eran cercanas, pero sí charlaban y se compartían anécdotas. Estaba segura de que Sabrina se enteraría por boca de Sofía, así que prefirió adelantarse y contarle lo que el francés le había pedido.

Pierre, al salir del edificio, respiró hondo. La intensidad que le provocaba Sabrina lo dejaba sin aliento. Caminó hacia su coche con prisas, pues quería estar a solas con sus pensamientos, con sus recuerdos.

Al subirse al coche y sentarse solo, se quedó en silencio unos cinco minutos que se le hicieron eternos. No podía moverse. Estaba paralizado, intentando digerir lo que acababa de pasar en la habitación: cómo ella lo miró hacia el final, cómo lo besaba, cómo sus cuerpos se conectaban de una forma tan profunda que parecía que sus pieles se perdían la una en la otra.

En silencio, y con la mente en blanco, Pierre encendió el coche y arrancó rumbo a casa. 

Al llegar a casa, se desvistió y olió sus dedos; aún seguían oliendo a Sabrina. Se puso ropa cómoda y se dispuso a hacer home office, pero estaba demasiado distraído. Llevaba casi dos semanas buscando a Sabrina en redes sociales bajo el nombre de Lesly, de forma casi compulsiva. Pero no podía encontrarla. Decidió intentarlo un poco más, aunque siempre era lo mismo: ninguna Lesly se parecía a ella.

Muchas veces se cuestionó si ese era su nombre real. Si se estaba ocultando de él a propósito porque no quería nada con él, solo su dinero. No podía evitar recordar su cuerpo, su sonrisa, cómo gemía, cómo se corría con él. Ninguna mujer se había excitado tanto con él, y eso lo descolocaba.

—¿Qué significa eso? ¿Ella es así con todos los clientes? ¿Le gusto o todo es fingido? No… nadie puede fingir así. Esos orgasmos tienen que ser reales —se repetía Pierre una y otra vez.

Podía sentir que lo que le pasaba con Sabrina era real, pero la duda lo carcomía. ¿Cuánto debía confiar en una prostituta?

Al día siguiente, Sabrina se encontraba en el sofá, mirando el móvil, cuando sonó el timbre. Su corazón latió con fuerza cuando, unos minutos después, el rostro de Pierre apareció en la cámara de la puerta de entrada. Bella ya le había dicho el día anterior, en confianza, que Pierre quería entrar con Sofía y que le había pedido que no se lo contara. Pero a ella no le importaba él, sino sus chicas.

Sabrina comprendió que, si Pierre había pedido discreción a Bella, era porque no pensaba dejar de verla. O eso quería creer.

Sofía cogió su toalla y su neceser y se dirigió a la habitación número uno, la más sencilla de todas. Tenía un espejo enorme en los laterales, una ducha pequeña, la cama y un pequeño sofá.

Cuando Sofía entró, lo saludó de forma amable.

—¡Hola! —dijo con una sonrisa tranquila. Al menos ese cliente era joven.

—Hola, guapa. ¿Cómo va todo? —le preguntó Pierre, mirándola con deseo. Le parecía muy guapa.

Llevaba unos pantalones muy ajustados, un top blanco y unas botas cortas negras. Le gustaba usar tacones porque era muy bajita, y eso la hacía sentirse más en control. Sofía era la favorita por su apariencia juvenil y sus rasgos europeos: rubia, de rostro hermoso y cuerpo joven. Era cálida y agradable, y eso le resultó muy atractivo.

—Pues muy bien, ¿y tú qué tal? —devolvió la pregunta Sofía. Aunque le gustaba conversar, sabía que eso mataba tiempo y la hacía más memorable en su servicio.

Sofía era muy buena prostituta. Había estado en varias casas antes de entrar en el piso de Bella, tanto en Valencia como en Madrid. Sofía era una prostituta de calle. No le era fiel a nadie, solo a sí misma.

—La verdad es que tenía ganas de conocerte. Desde la presentación de hace varios días me pareciste muy guapa —le contestó Pierre con un tono entusiasta.

Sofía sabía que ese cliente era para ella de no haber sido por la interrupción de Sabrina. Ella encajaba más en el perfil de Pierre que su compañera. Pero también sabía que los clientes de Sabrina quedaban hechizados después de estar con ella. Así que se dispuso a conquistarlo, para que repitiera con ella y no con Sabrina.

—Muchas gracias, guapo. ¿Vamos a la ducha? —propuso Sofía mientras se sentaba en la cama para quitarse las botas.

—Claro, claro, vamos a ello —contestó Pierre.

Aunque solía probar a las chicas por media hora la primera vez, Bella le había vendido tan bien a Sofía que pagó una hora.

Ambos comenzaron a desvestirse por separado: Pierre junto al sofá y Sofía sentada en la cama. Pierre quedó perplejo al ver el cuerpo escultural de Sofía. Se notaba que iba todos los días al gimnasio. Se dirigieron juntos a la ducha. Una vez bajo el agua, y estando tan cerca, Pierre comenzó a besar a Sofía con deseo. Le parecía hermosa. No como Sabrina, pero hermosa igualmente.

Sofía le devolvió el beso, pero no eran besos con ganas. Pierre, al sentir cómo Sofía movía la lengua y lo besaba de forma mecánica, se decepcionó de inmediato. Los besos de Sabrina eran embriagadores. Podía pasar toda la hora besándola. Con ella sentía el deseo, sentía cómo realmente disfrutaba besarlo.

Con Sofía, en cambio, se notaba que lo hacía porque era lo que tocaba. Eran besos fríos, distantes, correctos. Mecánicos.

Pierre comenzó a tocarle los pechos. Le parecieron una delicia. Luego empezó a masturbarla y ella, sorprendida por el tamaño de su pene, le devolvió el gesto. Pierre estaba acostumbrado a ese tipo de encuentros en la casa: besos menos implicados, pero eficientes. Disfrute mutuo… o eso parecía. Nada demasiado emocional, pero funcional.

Después de enjabonarse mutuamente, salieron de la ducha. Pierre se secó y fue hasta su mochila para sacar los condones XXL. El cuerpo de Sofía lo había excitado mucho, así que se colocó el preservativo y volvió hacia ella para hacerle sexo oral. Le gustaba que las chicas disfrutaran; eso lo hacía sentirse menos sucio.

Sofía se recostó en la cama, ya seca, y abrió las piernas para él. Tenía una sonrisa nerviosa que la hacía verse tierna, pero no decía nada. Se sentía un poco intimidada por el tamaño del pene de Pierre. Cogió el lubricante y se cubrió el sexo con él.

Pierre observó la escena y pensó: Ni siquiera esperó a que le hiciera el oral. Ella no necesita lubricante; con mis besos le basta.

La decepción fue inmediata. Aun así, le resultó excitante verla tocarse para él.

Se recostó sobre Sofía y volvió a besarla. Sus besos no le entusiasmaban, pero eran suficientes. A Pierre le encantaba besar. Siempre había dado mucha importancia a los besos durante el sexo. Y ahora sentía que Sabrina se los había arruinado para siempre. Que nunca volvería a sentir lo mismo al besar a otra mujer.

Comenzó a penetrar a Sofía con cuidado y notó enseguida que ella no estaba del todo relajada. Entonces entendió que debía ir despacio con ella.

Sofía estaba aguantando como podía. Aunque follaba todo el día —su clientela era extensa—, estaba acostumbrada a pollas de tamaño promedio. El pene de Pierre la descolocaba. Había trabajado con pollas grandes, sí, pero nunca con una así.

Por primera vez, comenzó a arrepentirse de haber pagado la hora completa.

Pierre la folló con cuidado, pero notaba que no conseguía concentrarse del todo. Miraba el cuerpo de Sofía para no perderse en sus pensamientos con Sabrina, pero aun así le costaba mantenerse presente.

Cuando terminó, después de unos veinte minutos, le pidió a Sofía que llamara a Bella.

Sofía, obediente, salió de la cama envuelta en la toalla y fue a avisarla. Cuando Bella llegó a la habitación, Pierre se acercó a la puerta y le dijo que necesitaba ver a Sabrina. Preguntó si había posibilidad de pagarle a Sofía media hora y entrar con Sabrina el resto del tiempo.

Bella, sorprendida por la petición, se descolocó un poco, pero aceptó con naturalidad. No era la primera vez que un servicio se modificaba a mitad. Le dijo a Sofía que la cambiaría por Sabrina y que, por favor, le avisara para que se preparara.

Sofía no entendía nada.

Al cerrar la puerta, miró a Pierre y le preguntó sin rodeos:

—¿Hice algo mal?

Su voz sonaba desconcertada.

—No, hermosa, para nada. Me ha gustado mucho… —mintió Pierre—. Pero me apetece ver a Sabrina. En otra ocasión repetimos.

No tenía el valor de decirle la verdad: que, aunque le parecía exquisita, no había conseguido conectar con ella. Y él necesitaba desesperadamente esa conexión.

—Vale, está bien… pero me debes media hora —dijo Sofía con un tono irónico.

Le había molestado profundamente que la sacaran del servicio a mitad para cambiarla por otra.

Cogió sus cosas y salió de la habitación. Al entrar en la habitación de las chicas, miró a Sabrina con una mezcla de celos y resignación y le dijo:

—Tu novio te está esperando en la habitación.

Sabrina, que se llevaba bien con ella, se lo tomó a broma y sonrió.

—Ay, no seas tonta… es solo un cliente más —respondió, intentando cortar la tensión.

Luego salió al pasillo y tocó la puerta de la habitación uno.

—Holisss —dijo con voz calmada, casi dulce.

Pierre le pidió que entrara y, en cuanto lo hizo, la besó con desesperación. Esos eran los besos que le gustaban. Los que lo hacían sentirse vivo.

Se detuvo un segundo, apoyó la frente en la de ella y le dijo, con una voz cargada de necesidad:

—Ella no es como tú…

¿Quieres saber cómo continúa? Descúbrelo un próximo domingo...

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