¿Y si te dijera que el placer masculino puede llegar a ser mucho más complejo, profundo (y hasta perturbador) de lo que nos imaginamos? Sí, ya sé: ¿qué pinta un tema como este en un blog de sexología femenina? Pero antes de que me canceles, quiero que esta semana me acompañes a recorrer un tema que resultó mucho más interesante de lo que pensaba cuando empecé a investigar. Porque, seamos honestas: no conocemos del todo el mercado del placer sexual. De hecho, es todo un universo en sí mismo, y créeme que vale la pena explorarlo en su totalidad (sin prejuicios y con curiosidad). Y no solo si tienes pareja. Incluso si eres madre de un chico, este texto puede abrir más de una pregunta interesante. ¿Qué tanto sabes del mercado del placer masculino? Spoiler: quizá no sea tan simple (ni tan visual) como nos lo han hecho creer.
El otro día me leí un artículo sobre Harry Styles y su nueva línea de juguetes sexuales. Al principio pensé que se trataba de juguetes sexuales masculinos, pero resultó ser un vibrador común y corriente, vendido como “inclusivo” (típico: dicen que quieren mojarse, pero no lo hacen del todo). Total, que la curiosidad me picó y me puse a investigar. Y amiga, te tengo que confesar que quedé loca con lo que encontré: un amplio catálogo de posibilidades, de las cuales yo desconocía la mayoría. Sí, hay cosas comunes y más o menos sabidas: las muñecas hinchables, los anillos de placer y los plugs (usados mayormente —aunque no de forma exclusiva— por hombres homosexuales). Pero no es lo único que existe.
La cuestión es que, si te paras a pensarlo por un momento, hay una enorme diferencia en el trato que la cultura le da a la autocomplacencia en hombres y mujeres. Los juguetes sexuales femeninos están completamente normalizados. Es más: se celebran. Es normal que en una despedida de soltera se regale un Satisfyer, que entres por curiosidad a una sex shop y te encuentres con un catálogo infinito pensado para nosotras. Lo vemos en el porno, sí, pero también en películas, en series, en conversaciones entre amigas. Las mujeres decidieron apropiarse de su sexualidad y, sobre todo, de la forma en que se dan placer. Y entonces me hice la pregunta inevitable: ¿y ellos? ¿Cómo se lo han montado los hombres?
Es loquísimo, porque los hombres suelen empezar a masturbarse antes que nosotras. Y, además, no se les castiga por ello. De hecho (y esto ya lo mencioné en uno de mis primeros posts) las madres modernas no reprenden la autocomplacencia masculina. Al contrario: la entienden, la apoyan y la normalizan. Pero la cuestión ya no es tanto que lo hagan, sino cómo lo hacen. Déjame hacerte una pregunta fácil: ¿cómo suele masturbarse un hombre? Exacto. Viendo pornografía. Y ojo, no hay nada de malo en la pornografía como material que puede acompañar la autoexploración. El problema es que, en el caso de muchos hombres, acaba convirtiéndose en el principal (y a veces único) mediador del placer masculino. No porque el porno sea “el enemigo”, sino porque no hubo alternativas simbólicas ni materiales para explorar el placer de otra forma.
Y, sobre todo en estos tiempos, ya sabemos de sobra que consumir pornografía como principal fuente de autoexploración sexual puede tener consecuencias negativas a largo plazo. Y mucho más en chicos jóvenes. Este tipo de material puede generar dependencia, porque acostumbra al cerebro a estímulos fáciles y rápidos para llegar al orgasmo. Y claro, eso termina dificultando otras formas de excitación, quizá más corporales o emocionales. Cuando el placer depende casi exclusivamente de lo visual, el cuerpo aprende a excitarse solo así. Y desaprender luego no es tan sencillo.
Y aunque hoy la mente masculina esté un poco más “abierta” a los juegos eróticos y a los juguetes sexuales, lo cierto es que todavía hay bastante camino por recorrer. (Porque sí, las mujeres tampoco lo sabemos todo… pero claro, si no lo saben ellos, ¿cómo vamos a saberlo nosotras?). Muchos hombres crecen dentro de una cultura machista que determina incluso la manera en que se exploran. Hay zonas que se vuelven tabú desde muy jóvenes (como el ano o los pezones) y también la forma de excitarse parece venir casi estipulada. Tiene que ser mirando a mujeres desnudas, con cuerpos esculturales y una actitud sumisa. Muchas veces, además, a través de dinámicas de humillación o maltrato que se repiten una y otra vez en lo que consumen.
Solo eso es lo que se considera heteronormativo. Y aun así, incluso dentro del propio consumo pornográfico masculino, hay prácticas que tampoco están bien vistas entre ellos. Por ejemplo: ver a mujeres gorditas, mujeres trans, sexo homosexual, BDSM aplicado al placer masculino o incluso que una mujer juegue con el ano de un hombre. Todo eso sigue generando incomodidad y, muchas veces, vergüenza a la hora de contarlo. Porque claro, muchos hombres quieren sentirse parte de una “manada”, de un grupo que los valide socialmente. Y para encajar, terminan reprimiendo ciertos deseos o lo que suelen llamar placeres culposos.
Y claro, cuando algunos hombres se atreven a explorar con muñecas o con algún vibrador vaginal, suelen ser tratados como “perdedores”, “pajeros” o “incapaces de follarse a mujeres reales”. Lo cual me parece una hipocresía enorme, porque sabemos perfectamente que la soledad masculina es una problemática actual. Ya no pueden ni hacerse una paja tranquilos con algo que no sea ver porno. Y ojo, no porque los esté defendiendo (aquí no he venido a blanquear a nadie). Soy consciente de que, al final, esa falta de exploración sexual la terminamos pagando nosotras. Cuando el placer masculino se vuelve tan dependiente de lo visual, ocurre algo muy concreto: si no te ves de cierta manera, no se excitan igual contigo. Y eso es profundamente injusto.
Las mujeres, en general, no dependemos de un estímulo visual para excitarnos. Nuestra forma de vivir el sexo suele ser más sensorial, más corporal. Y no porque seamos “mejores”, sino porque no hemos construido nuestra autoexploración casi exclusivamente a través de la pornografía (aunque también la utilicemos). Para nosotras cuentan los besos, la química, las miradas, las insinuaciones… ellos, por el contrario, muchas veces funcionan al revés: les enseñas las tetas y ya se les pone dura. Sí, perdón, parece que estoy bajando el nivel del texto, pero no: solo estoy escribiendo con total honestidad.
Explorar nuestra sexualidad a través de juguetes, fantasías, novelas eróticas y, claro, también de la pornografía, junto con la conexión emocional, enriquece muchísimo nuestra experiencia sexual. Nos hace independientes, porque no dependemos de que alguien nos lleve al clímax: nosotras podemos dirigirlo, orquestarlo o guiarlo. Y no se trata solo de masturbarse per se, sino de experimentar, explorar, jugar, fantasear.
No es únicamente ver cuerpos desnudos en una pantalla y ya. También es sentir, imaginar, probar con el cuerpo y con la mente. Y aquí es donde los juguetes sexuales masculinos pueden marcar una pequeña (pero importante) diferencia. Que los hombres puedan experimentar libremente con su cuerpo, de la mano de juguetes que no les generen vergüenza, sería liberador para ellos… y mucho menos condicionado para nosotras. Entonces, la pregunta es inevitable: ¿por qué vemos normal que un preadolescente se masturbe con sus manos, pero nos parece raro que un adulto se masturbe con una muñeca o con un Satisfyer masculino?
Pero bueno, dejando de lado tanta filosofía, me gustaría que exploráramos juntas los tipos de juguetes sexuales masculinos que existen. Porque sí: son muchos más de los que te imaginas. Vamos a hablar de los más conocidos, de los más curiosos y hasta de los más perturbadores. Porque sí, hay fantasías que rozan lo ético y lo moral, y también juguetes que las acompañan. Aquí entra todo. Y ahora dime: más allá de la muñeca, ¿qué otras cosas conoces?
🧭 MAPA DEL PLACER MASCULINO (PARA NO PERDERSE)
1️⃣ Lo “aceptado” (aunque nadie lo presuma)
En esta categoría nos encontramos con lo más conocido (y también con lo más compartido en pareja). Este tipo de juguetes funcionan más como herramientas de rendimiento y, por lo tanto, no cuestionan la masculinidad tradicional. Son más aceptados en charlas entre hombres que no solo se interesan por su propio placer, sino que también disfrutan dando placer a su compañera (o compañero) sexual. Dentro de esta categoría entran los anillos para el pene, los anillos con vibración y las fundas simples. Todos estos “juguetes” están pensados para disfrutarse en compañía y están más orientados al rendimiento que a la exploración del placer masculino.
3. Bomba de vacío para el pene: Se trata de un dispositivo pensado para provocar o mantener la erección mediante succión. Su objetivo no es explorar el placer masculino, sino reforzar el rendimiento sexual. De nuevo, el foco está puesto en que el pene funcione, responda y rinda, no en ampliar la experiencia sensorial del cuerpo.
2️⃣ Masturbadores masculinos (el gran tabú silencioso)
Aquí el placer deja de ser solo visual y pasa a una categoría que, para mí, es más profunda: la sensorial. Estos juguetes están pensados para el autoerotismo y no necesariamente para el sexo en pareja. Y claro, esto culturalmente tiene un peso enorme en los hombres y en cómo perciben su virilidad y su masculinidad. Y ojo, no porque no les dé placer (al contrario): pueden dar tanto placer que el hecho de no necesitar a una mujer para llegar al orgasmo (ni siquiera de forma simbólica, como ocurre con la pornografía, donde siempre hay una “presencia femenina”) puede llegar a incomodarlos. Tanto, que muchas veces ni siquiera se permiten probar.
3️⃣ Juguetes prostáticos y anales (la zona prohibida)
Para ellos, experimentar con este tipo de juguetes es algo normal. De la sexualidad vivida sin culpa. Tanto en pareja como en soledad. No les tienen miedo; al contrario: los disfrutan. ¿Por qué? Porque la próstata es el punto G masculino. Está ahí, en esa zona, para dar placer. (¿No te parece interesante cómo, en la naturaleza, nada es casualidad?).
1. Plugs anales: Estos son los más conocidos (las mujeres también los usamos) y, normalmente, la puerta de entrada. Experimentar con este tipo de juguetes puede elevar el orgasmo del hombre durante la penetración, pero también funcionan como método de preparación anal. Pueden ser lisos o con texturas. Y aunque no están pensados específicamente para producir un orgasmo por sí solos, sí ayudan a familiarizarse con la sensación, perder el miedo e ir explorando el placer anal de forma progresiva.
2. Plugs con vibración o movimiento: Este tipo de juguete cumple la misma función que el plug tradicional, pero añadiendo más picante a la experiencia. Pueden generar una estimulación que, para muchos hombres, se asemeja a la de la penetración, pero eso forma parte del proceso de exploración. Por eso son muy comunes en las camas de los hombres homosexuales, pero bastante desconocidos dentro de la cultura heterosexual. Aquí el placer ya no depende tanto de “hacer algo”, sino de recibir. Y eso, simbólicamente, sigue siendo una frontera complicada para muchos hombres.
3. Masajeadores prostáticos: Con estos juguetes ya damos un paso más allá del anal y llegamos directamente a la próstata. Por eso tienen una forma curvada, ya que están diseñados para estimular un punto muy concreto. Pueden ser muy prácticos, porque algunos incorporan vibración y control remoto para regular la intensidad. Este tipo de juguetes buscan un placer distinto, más profundo y menos genital. No todo el mundo llega al orgasmo prostático, pero quien lo hace suele describirlo como otra experiencia completamente diferente.
4. Juguetes anales combinados: Aquí ya elevamos la experiencia, porque este tipo de juguetes estimulan más de un área a la vez (me recordaron a los dildos que también traen curvatura para estimular el clítoris, pero en una versión más excéntrica). Suelen venir en tres modalidades:
1- Anal + pene
2- Anal + vibración externa
3- Anal + anillo
6️⃣ Muñecas sexuales (realismo, soledad y el deseo que no se negocia)
Estos son, quizá, los más conocidos… pero también los más estigmatizados. Las muñecas sexuales no solo generan incomodidad: generan burla, rechazo y juicio social inmediato. ¿Y cómo no? Si suelen asociarse al fracaso, a la soledad o a la incapacidad para relacionarse con mujeres reales.
Pero esa es una forma de verlo bastante simplista. La verdad es que el uso de estas muñecas va más allá de la soledad o de la incapacidad para relacionarse: muchas veces hablamos de deseo que no se negocia. Fantasías que no quieren (o no deben) compartirse. La muñeca se convierte entonces en un espacio seguro, donde no hay diálogo, ni mirada, ni validación externa.
La fantasía se traslada al objeto, lo cual resulta muy incómodo de reconocer para cualquier hombre. ¿Cómo vas a decir que te sientes sexualmente atraído por una muñeca? Automáticamente pasas a ser el raro o el creepy del grupo. Por eso puede ser tan liberador en la intimidad… y tan difícil de reconocer fuera de ella.
Aunque claro, este tipo de juguetes también abren preguntas incómodas sobre cómo se ha construido el deseo masculino y qué lugar ocupa la mujer dentro de ese imaginario. Porque, vamos a estar claras: muchas de estas muñecas reproducen ideales corporales muy concretos. Cuerpos hipersexualizados, silenciosos, siempre disponibles.
Si no se usan con cuidado, distorsiona la mirada del cómo el hombre cree que las mujeres viven su sexualidad y en el rol que se les asigna cuando comparten intimidad con ellos. ¿Dónde está la línea entre lo personal y lo social? Y ojo, no se trata de justificar ni de ridiculizar. Se trata de nombrar. De entender por qué este tipo de juguetes despiertan tanto rechazo social y, al mismo tiempo, siguen existiendo y evolucionando. Porque, nos guste o no, hablan de soledad, de deseo no compartido y de fantasías que muchos hombres no se atreven a poner en palabras.
7️⃣ Muñecas con estética infantilizada (cuando el tabú deja de ser sexual y pasa a ser ético)
Dentro del mundo de las muñecas sexuales hay una categoría especialmente incómoda de nombrar: aquellas que presentan una estética claramente infantilizada. No hablo de menores reales (eso es otra cosa y no entra aquí), sino de muñecas adultas diseñadas con rasgos juveniles exagerados: cuerpos muy pequeños, facciones aniñadas, ausencia de curvas, gestos que evocan inocencia.
Este tipo de productos suele generar rechazo inmediato, incluso entre hombres que no tienen problema con otros juguetes. Y es comprensible. Aquí el debate ya no pasa solo por el placer o la soledad, sino por los límites éticos del deseo y por cómo se ha construido la fantasía masculina en determinadas culturas.
No se trata de acusar ni de hacer diagnósticos rápidos, pero sí de preguntarnos qué dice de una sociedad que existan este tipo de objetos, a quién van dirigidos y qué imaginarios refuerzan. Porque cuando el deseo se vincula a la infantilización, el problema no es el juguete en sí, sino todo el sistema simbólico que lo hace posible.
Y aquí sí conviene decirlo claro: hay fantasías que no son inocuas. No porque quien las tenga sea automáticamente peligroso, sino porque normalizar ciertos imaginarios puede tener consecuencias sociales reales. Por eso este tipo de muñecas no incomodan por sexuales, sino por lo que representan.
8️⃣ Juguetes de castidad masculina (cuando el control también puede ser placer)
Esta es, probablemente, una de las categorías que más desconcierta cuando se habla de placer masculino. Los juguetes de castidad (también conocidos como jaulas de castidad) están diseñados para impedir la erección o el acceso al pene, ya sea de forma temporal o prolongada (si amiga, haz leído bien, estos juguetes son reales, y de hecho, se usan mucho en las prácticas de BDSM cuando el objeto de placer es el hombre).
A primera vista, parecen ir en contra de todo lo que se le ha enseñado al hombre sobre el sexo: rendimiento, potencia, control, penetración. Y, sin embargo, existen. Y se usan. En muchos casos, no buscan castigar ni frustrar el deseo, sino desplazarlo. El placer deja de estar centrado en el orgasmo inmediato y pasa a jugar con la anticipación, la espera y el control (o la cesión del control). Para algunos hombres, esto resulta profundamente erótico; para otros, directamente incomprensible.
Lo interesante es que aquí el placer no se construye desde la fuerza ni desde la actividad constante, sino desde la restricción. Y eso vuelve a incomodar porque rompe, otra vez, con el guion clásico de la masculinidad sexual. No es una práctica para todo el mundo, ni pretende serlo. Pero existe. Y su sola existencia ya nos dice algo importante: que el placer masculino también puede pasar por no tocar, no usar y no mandar.
Como verás, el placer masculino puede ser mucho más complejo, erótico y sensorial de lo que nos han inculcado. Aunque muchas de estas prácticas sigan siendo rechazadas o consideradas tabú, la verdad es que existen. Hay hombres practicándolas en la vida real. Y eso es válido. Al final no se trata de juzgar, sino de cuestionarnos los roles impuestos, incluso en la forma en que experimentamos nuestra sexualidad. Si los hombres se permitieran explorar sin vergüenza su relación con su cuerpo y con su placer, dejarían de cargarnos tantas expectativas físicas y de comportamiento a la hora de compartir intimidad.
Porque al final, ¿quién paga ese desconocimiento? Nosotras. Por eso es tan importante hablar de estos temas, ya sea en pareja o incluso desde el lugar de madre (aunque yo no tengo hijos, este es solo mi punto de vista). Mostrarles a los hombres que existen más posibilidades de disfrutar de su cuerpo no nos corresponde (eso está claro), pero sí nos beneficia.
La libertad sexual debería estar al alcance de todos. No tenemos por qué demostrar nada en nuestra intimidad, pero sí vale la pena preguntarnos de dónde vienen ciertos deseos y qué tan libres somos realmente con nuestros cuerpos. ¿Nos dejamos sentir… o lo controlamos todo?
¡Nos leemos en el próximo post! 😉
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