A Sabrina le descolocaron aquellas palabras...
–¿Qué quiere decir con eso?– No pudo evitar preguntase a sí misma. Se sentía confundida, pero a la vez, aliviada. No quería que Pierre la cambiara por Sofía. Sentía que él era su cliente, que podía jugar sí, pero siempre volvería a ella.
Sabrina lo envolvió con sus brazos y le devolvió el beso con mucha ternura. Pierre la hacía sentir especial. Sus besos le resultaban cada vez más embriagadores. Su acento, sus labios, su lengua juguetona. Ya no se sentía como algo lejano. Sabrina ya no distinguía bien qué sentía por él.
Al notar que Sabrina lo abrazaba, Pierre la acercó más a su pecho. Su pequeño tamaño y su cuerpo delgado le hacían sentir grande, imponente, con el control. Bajó sus manos hacia sus glúteos y comenzó a tocarlos con deseo. Su pequeño trasero redondo le parecía su punto débil.
Comenzó a deslizar sus dedos poco a poco por debajo de la falda, de forma delicada… y ahí estaba: mojada, excitada.
—¿Cómo lo hace?— se preguntó Pierre. Sabía que esa reacción no era normal en una prostituta. Al besarla y tocarla, podía sentir cómo se entregaba a él. Cómo lo deseaba, cómo lo miraba…
Comenzó a bajarle la falda a Sabrina. En esta ocasión iba vestida con una falda negra muy corta pero alta, junto con un top color lila muy corto y provocador. El escote que dejaba ver era muy atrevido. Tanto en la espalda como en el medio del pecho, ese escote pronunciado, en esos pechos pequeños pero paraditos, la hacían muy apetitosa a la vista.
Sabrina lo soltó para quitarse el top, dejando al descubierto su pecho. Nunca era difícil para ella desvestirse. Se sentía tan cómoda en su piel, que le encantaba que la observaran con deseo. Era lo único que realmente disfrutaba de su trabajo: ser deseada.
Pierre, al ver la escena, no pudo evitar sentir cómo su erección se hinchaba. Sus pechos lo volvían loco. Se sentó en la cama mientras Sabrina se desvestía. Le encantaba observarla detalladamente. Cada gesto, cada movimiento. Podía pasar horas solo observándola, solo apreciándola.
Sabrina se sentó a su lado para quitarse las zapatillas. Era muy consciente de que Pierre no dejaba de mirarla en todo momento, así que siempre cuidaba cómo se veía su cuerpo. Sabía que mientras más erguida y delicada fuera, más sensual se veía.
Al terminar de quitarse los calcetines, Sabrina se acercó a Pierre y le plantó un beso. Quería seguir embriagándose de él. Sentirlo cerca. Oler su aliento y su olor… ese olor a hombre que tanto le encantaba.
Pierre usaba un perfume que volvía locas a las chicas de la casa. Aunque siempre se bañaba antes del servicio, se lo colocaba en el cuello y detrás de las orejas para que el olor no se fuera con la ducha.
Sabrina dio por sentado que era un perfume francés. Muchos de sus clientes olían muy bien, pero al final eran hombres que ella solo tocaba por dinero. Con Pierre pasaba algo diferente: el olor le gustaba y le excitaba al mismo tiempo.
Pierre interrumpió el beso para informarle a Sabrina que quería ir a la ducha. No sabía si Sabrina ya habría hecho algún servicio ese día, pero no quería arriesgarse. Sabía que ella se duchaba muy bien, pero la simple idea de que otro hombre la tocara le daba náuseas. No quería rastro de nadie más sobre ella.
—¿Te apetece darnos una ducha? —le preguntó Pierre con una risa nerviosa. No quería que ella se lo tomara a mal.
—Claro, guapo… mira que vienes de estar con Sofía… —aprovechó Sabrina para hacerle notar que ya se había dado cuenta de todo.
—Sí… justo por eso me quiero duchar. —mintió Pierre. Él ya se había duchado cuando el servicio con Sofía terminó. No se atrevía a decirle que eran otras razones las que lo llevaban a la ducha con ella.
Todas las veces que habían compartido habitación, se trataba de habitaciones grandes con jacuzzi incluido. Pero la habitación número uno tenía una ducha pequeña. Aunque estaba llena de espejos y cortinas rojas, seguía siendo un espacio reducido.
Al entrar a la pequeña ducha, y luego de que Sabrina se pasara agua por el cuerpo, Pierre la cogió por la espalda y le plantó un beso. Los besos con Sabrina eran irremplazables. Ninguna mujer lo había besado antes con tanta intensidad y que además lo volviera loco con su belleza. Era una conexión física y sexual que lo desbordaba.
Su erección se hizo muy notable en ese punto. Así que Sabrina comenzó a masajear su gran polla. La deseaba tanto que el solo verla excitada por ella la hacía querer cogerla, sentirla, adorarla.
Pierre cogió el jabón y comenzó a untarlo en los pechos de Sabrina, tocándolos con una mezcla de pasión y ternura. Los masajeó poco a poco, de forma erótica, tocando sus pezones con un deseo que le ardía por dentro, en su sexo. Bajó con delicadeza por su abdomen plano, por sus curvas delicadas, por su espalda suave y pequeña. Podía notar cómo ella lo miraba embelesada, completamente entregada a sus caricias, a su contacto.
Cogió la ducha de mano y le quitó todo el jabón a Sabrina. El agua estaba muy caliente para él, pero sabía que ella no soportaba el agua fría, y menos en invierno.
Sabrina entonces se dispuso a enjabonarlo a él. Quería devolverle el favor, y además seducirlo con sus maniobras. Se untó las manos de jabón y se fue directa a su polla. Comenzó a acariciarla con mucha delicadeza, pero haciendo la presión suficiente para que el contacto lo excitara más.
Bajó a sus testículos y los masajeó con mucha suavidad. Era tan alto que todo su cuerpo le imponía y le excitaba al mismo tiempo. No podía evitar notar que, al sentirse frágil con él, eso también la encendía por dentro. Sentirse tan pequeña con él no le daba miedo… lo disfrutaba.
Subió a su barriga y a su pecho. Todo esto mientras lo miraba con ternura. Podía sentir cómo Pierre se excitaba más y más. Cómo la miraba con esa intensidad. La hacía sentir una diosa. Tan observada, tan adorada… tan venerada.
Luego cogió la ducha y comenzó a quitarle el jabón con movimientos suaves y sensuales. Lo miró con ternura y deseo al mismo tiempo. Le sonrió de forma nerviosa, lo que la hacía ver tierna.
Pierre sentía que se derretía por dentro. No podía dejar de mirarla, de apreciar su mirada, su sonrisa, sus mejillas coloradas por el vapor. Sin pensarlo más, comenzó a besarla lentamente, con delicadeza, con ternura. Sus besos siempre lo trasladaban aún más a esa fantasía de que ella lo deseaba, lo quería... incluso que sentía algo por él.
—¿Sería posible que ella se esté enamorando de mí? Y, si es así, ¿yo me estoy enamorando también? —No podía evitar preguntárselo Pierre en todo momento. Sabrina, con su cuerpo, con su mirada, le hacía sentir vivo, deseado, visto... pero, ¿ella lo veía realmente o fingía que lo veía?
Pierre se apartó despacio para cerrar el agua. Abrió las puertas de la ducha y alcanzó las toallas. Al salir, comenzó a secarse mientras Sabrina hacía lo mismo detrás de él.
Al secarse, se sentó en el sofá que estaba justo a un lado de la regadera. Entonces Pierre cogió a Sabrina por las caderas y la alzó para sentarla en su regazo. Quería rozarse con ella. Sentir toda su desnudez.
Sabrina abrió las piernas para entregarse a Pierre y sentirse poseída. Se dejó acariciar en todo su cuerpo, sin limitaciones, sin frenos. Dejó su pecho descubierto para que Pierre pudiera tocarlo a su antojo. Siempre cuidaba su postura: recta, con los hombros relajados y apretándolo todo. Esto siempre despertaba más deseo en los clientes, pero sabía que con Pierre el efecto era aún más intenso.
Pierre comenzó a acariciar sus pechos de forma casi hipnótica. Le parecían magnéticos, redonditos, paraditos y pequeños. Eran perfectos para él. Comenzó a besarlos con un inmensurable deseo, para luego sumergirse en ellos y chuparlos con una necesidad que lo poseía por dentro. Su cara se había puesto roja de lo excitado que estaba.
Sabrina dejó caer el cuello mientras sacaba aún más el pecho. Quería más de él. Las caricias de Pierre se sentían tan naturales que parecían extrañamente cómodas. Como si su cuerpo se sintiera muy a gusto y mucho más receptivo de lo que jamás nadie le había hecho sentir.
Aquellas manos grandes la envolvían con una suavidad que la hacía sentirse pequeña, cómoda y deseada. Sus caricias eran tan delicadas y sensuales que comenzó a mojarse sin reparo alguno. Solo dejándose llevar por lo que su cuerpo le exigía: Pierre.
Sabrina comenzó a sentir el pene de Pierre, rozándose en su vagina. Estaba tan mojada y excitada que lo dejó jugar, lo dejó moverse por su sexo caliente y deseoso por unos instantes. Se dejó arrastrar por el deseo; sentía cómo la quemaba en la entrepierna, cuánto lo deseaba.
Pierre acercó más a Sabrina en su regazo. Podía sentir su sexo húmedo y caliente. Sabrina ya le había dejado jugar cerca antes, pero ahora estaba más excitada, más entregada y más involucrada que aquella vez. Comenzó a frotarse con su vagina resbalosa mientras la besaba.
Ambos estaban tan excitados que sus cuerpos dejaron de pensar y solo comenzaron a actuar por instinto, como animales que no pueden controlar el calor que emanaba desde dentro, desde lo más profundo de sus seres.
El enorme pene de Pierre comenzó a entrar entonces, poco a poco, en la apretada pero muy húmeda vagina de Sabrina. Ninguno de los dos paró, ninguno de los dos quería.
Fue entonces cuando Pierre penetró a Sabrina por primera vez sin condón. Si antes pensaba que era el paraíso, ahora no tenía la menor duda. Aquella entrega de ella lo hizo asegurarse de que Sabrina sí sentía algo por él, que ella no lo veía solo como a otro cliente, que confiaba en follarlo sin cuidarse...
Sabrina no podía pensar, era su vagina quien pensaba por ella. Aunque sabia que lo que estaba haciendo no estaba bien, pues Pierre era un cliente, en la casa estaba prohibido, y ella misma no confiaba en los puteros. Pero nada de eso importaba, solo importaba el fuego que la quemaba, que no la dejaba pensar, solo sentir.
Sabrina comenzó a besar a Pierre con más deseo, con más desesperación. Le estaba diciendo sin decirle nada que si estaba bien, que ella también quería eso, que no le importaban las regalas de la casa, no quería que Pierre parara.
Pierre entonces levantó a Sabrina del sofá, quien tenía sus piernas alrededor de sus caderas, negándose a separarse de él, negándose a que su pene saliera de su vagina.
Pierre la llevó entonces a la cama, y se sentó con cuidado para no separarse de ella. Todo esto sin dejar de penetrarla. Se recostó encima de ella mientras la seguía besando. Seguía sin creer que eso estaba pasando, que realmente Sabrina se había entregado a él pro completo.
Los gemidos de Sabrina podían escucharse desde la entrada. Estaba tan excitada que no medía nada de lo que estaba haciendo.
Desde la habitación de las chicas, Sofía podía escuchar los gemidos de Sabrina.
—¿Qué es lo que hace Sabrina para que se obsesionen tanto con ella? ¿Será que se quita el condón? Y es que, claro, si les das lo único que no pueden tener, se obsesionan— pensaba para sí misma. No podía evitar preguntarse qué hacía a Sabrina tan especial con sus clientes. Siempre volvían a ella una vez que la probaban por primera vez.
Sofía no entendía que Sabrina ofrecía la única cosa que las demás chicas no estaban dispuestas a dar: sensación de intimidad. Sus clientes sentían que tenían una novia cachonda que los deseaba por un rato en la habitación. Mientras más solo se sintiera el cliente, más se pegaba a Sabrina.
Aunque, claro, también había algo que le daba un plus que solo podían conocer al darle la oportunidad: su entrega era genuina. La mayoría de las chicas fingían orgasmos, o si llegaban a excitarse era después de mucha interacción en la vagina. Muchas besaban con pasión, pero sin dulzura, sin entrega, sin deseo.
Sabrina podía fingir el deseo de una manera casi magistral. Era casi una actriz. ¿Qué pasa cuando un hombre que paga por sexo se encuentra con una chica hermosa que lo mira con deseo y que se siente cómoda al ser tocada y follada por él? Pues que repite. Sofía, a pesar de su físico, carecía de intimidad. Le costaba mucho soltarse. Y eso, al final, era un plus exclusivo de Sabrina.
En general, eso solo pasa cuando la prostituta se siente atraída por el cliente, pero Sabrina hacía parecer que le gustaban todos cuando estaba dentro de la habitación. Sin embargo, lo que acababa de pasar era algo que no estaba en sus planes. ¿Qué pasaría si se enteraban en la casa de que ella estuvo follando sin condón con uno de los clientes? La sospecha se trasladaría a todos los demás.
Dentro de la habitación, Pierre y Sabrina seguían entregados al momento, aferrados a unos minutos de placer infinito. A la fantasía de que eran el uno para el otro. De que sí era posible estar juntos, conocerse...
Luego de que Sabrina tuviera varios orgasmos, Pierre finalmente se rindió, pues ya no podía contenerse más. Se corrió dentro de Sabrina, sin medir, sin pensar, sin cuestionarse nada. Solo sumergiéndose en su deseo, en el cuerpo y la vagina de Sabrina.
Al terminar, ambos se miraron agitados. Era una mirada cómplice, de locura compartida, pero sin arrepentimientos.
Pierre cogió la mano de Sabrina muy despacio y la apretó con sutileza. Sus manos pequeñas le recordaban lo grandes que eran las suyas. Pierre veía a Sabrina con una dulzura que lo desbordaba. Ya no veía a una prostituta; ahora veía a una chica dulce, bella y que lo deseaba.
Sabrina, por su parte, se sentía cómoda pero culpable. Sabía que no debió dejar que Pierre la follara sin condón, pero también sabía que ella no lo detuvo, que ella quería.
Parecían una pareja, como si fueran dos novios enamorados. Pero toda esa magia se apagó de golpe cuando ambos escucharon la puerta...
¿Quieres saber cómo continúa? Descúbrelo un próximo domingo...
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